La unidad de los cristianos en Jerusalén comienza cada día

Fray Stéphane Milovitch vive en Tierra Santa desde hace 34 años. Pasó cinco años en la comunidad de la Basílica de la Natividad de Belén, tres de ellos como superior. Posteriormente llegó a Jerusalén, donde reside actualmente en el Convento de San Salvador. En la Ciudad Santa fue durante tres años presidente del Santo Sepulcro y formó parte durante varios años de la comisión patriarcal de la diócesis de Jerusalén para el diálogo ecuménico. Nacido en Francia y franciscano por vocación, explica cómo, a lo largo de sus años en las dos ciudades más importantes para la fe cristiana, ha aprendido a convivir y a compartir la vida cotidiana con las demás Iglesias orientales. «Para dialogar hay que amar», afirma fray Stéphane. Hoy, como presidente del Consejo de Administración del Terra Sancta Museum, relata cómo esta convivencia, hecha de relaciones auténticas de amistad, es una fuente de inspiración para la visión del futuro museo, que aún está pendiente de apertura.
Cuando llegó a Tierra Santa como fraile, ¿qué ideas o expectativas tenía respecto al ecumenismo?
El ecumenismo para mí tenía ya un significado, aunque antes de llegar a Tierra Santa había tenido poco contacto con las Iglesias orientales y solo con algunos protestantes. En Europa, en efecto, los protestantes comparten en gran medida la misma cultura que los católicos, aun con diferencias teológicas. Aunque estemos separados, culturalmente nos parecemos bastante. En Jerusalén fue un poco impactante: no había una lengua o una cultura común. En apariencia las Iglesias parecían casi enfrentadas entre sí.
Ha sido superior en la Basílica de la Natividad de Belén y después en el Santo Sepulcro de Jerusalén. Lugares santos. ¿Qué ha aprendido de los demás en la vida cotidiana?
Los frailes custodian los Lugares Santos. Las Iglesias orientales comparten con nosotros dos de ellos: la Natividad y la Basílica del Santo Sepulcro. La Iglesia de los primeros siglos «oriental» tiene una teología mucho más centrada en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, pero especialmente en su divinidad.
Desde la Edad Media, y en particular con los franciscanos, la atención en el mundo latino se ha ido concentrando cada vez más en la humanidad de Cristo, en su sufrimiento, su esfuerzo y su vida cotidiana: un Dios que comparte plenamente nuestra experiencia humana.
Pero el diálogo no consiste en asistir a una conferencia teológica: es una experiencia cotidiana de intercambio. Aquí en Jerusalén, cada año intercambiamos saludos con las Iglesias orientales durante nuestras respectivas festividades. Son ocasiones que pueden parecer formales, pero que pueden convertirse en verdaderos espacios de encuentro, de cortesía y de afecto. Vivir en los Lugares Santos me ha mostrado un auténtico clima de acogida, ¡como la invitación que recibí este año para enseñar latín en el seminario greco-ortodoxo!
¿Qué nos dice la ciudad de Jerusalén sobre el ecumenismo?
Jerusalén no separa a los cristianos: la Iglesia nace en Pentecostés ya compleja y plural, llena de culturas diversas: mandeos, griegos, judíos, etc. El Espíritu Santo descendió sobre esta ciudad y no hubo división. Solo más tarde, desde Éfeso hasta Calcedonia, pasando por el cisma de 1054 y la Reforma de 1517, una serie de concilios y rupturas fueron desgarrando progresivamente a la Iglesia.
Me gusta decir —y creo que es objetivamente cierto— que hoy en Jerusalén viven juntas personas que están divididas en otros lugares. He comprendido que el verdadero ecumenismo nace del diálogo entre identidades bien arraigadas, como sucede en el Santo Sepulcro, donde cada Iglesia reza en su propia lengua. Antes veía en esta diversidad una alteridad que dificultaba el diálogo; en realidad, es importante que cada uno sea auténtico, porque si todos renuncian a lo que son, el diálogo se vuelve falso y superficial. No hay que tener miedo de ser realmente lo que uno es: esto vale para el diálogo ecuménico, pero también para el diálogo fuera de la Iglesia, el diálogo interreligioso.


La Iglesia de Jerusalén es bellísima: es una Iglesia local y, al mismo tiempo, profundamente universal. Forman parte de ella árabes, hebreos, indios, filipinos, africanos, como en tiempos de los apóstoles. Por eso Jerusalén es más que una Iglesia entre otras: es una verdadera epifanía de la Iglesia de Cristo.
Usted ha formado parte de la comisión de la diócesis de Jerusalén para el diálogo ecuménico. ¿De qué manera su carisma franciscano le ayuda en este camino?
En el diálogo ecuménico no debo buscar aquello que pretendo encontrar. La actitud correcta es acoger lo que encuentro, valorarlo y descubrir en ello el núcleo común, que es mucho más grande de lo que imaginamos. El ecumenismo requiere esta humildad: alegrarse de lo que realmente se encuentra, no de lo que uno espera encontrar.
Posteriormente nació el proyecto del Terra Sancta Museum y usted asumió la presidencia del Consejo de Administración en nombre de la Custodia. ¿Cómo se vive esta apertura ecuménica dentro del proyecto?
Aunque el patrimonio de partida sea mayoritariamente latino, se pretende valorar también obras pertenecientes a otras tradiciones eclesiales. En el futuro nos gustaría promover intercambios con otras comunidades, prestando y recibiendo obras a través de exposiciones temporales: para nosotros sería muy importante.
Como decía antes, existe una Iglesia local y una Iglesia universal, y exactamente así hemos pensado estructurar el Terra Sancta Museum – Art & History. La Iglesia local aquí es rica en iconos, rica en artistas e iconógrafos locales, por lo que habrá una sección
específicamente dedicada a ellos. La otra parte estará dedicada a los dones de las monarquías y de los países extranjeros a la Custodia de Tierra Santa, como expresión de la Iglesia universal.
Este es el proyecto: ser más que un simple museo, construir un espacio de encuentro y de conocimiento auténtico de los múltiples rostros de la Iglesia presente en este territorio, a través del arte. Así nació también mi amistad con personas de las Iglesias ortodoxa y armenia que, como yo, trabajan en el ámbito del arte. Es importante caminar juntos para poder enriquecernos mutuamente.
El lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026 habla de esperanza. Muchos sostienen hoy que este diálogo es inútil, que las diferencias son demasiado grandes. ¿Qué les respondería?
Es necesario cultivar la esperanza y la responsabilidad de construir la comunión, ante todo dentro de la propia Iglesia latina y de las comunidades locales. La verdadera unidad no nace solo del diálogo «hacia fuera», sino sobre todo de una comunión vivida «dentro» de las relaciones cotidianas. A menudo, sin embargo, el deseo de comunión se ve distorsionado por la actitud de quien espera que el otro se convierta en alguien como uno mismo. La comunión auténtica requiere humildad.



