10 Febrero 2026

Un solo cuerpo, muchas imágenes: el arte como lenguaje de la unidad cristiana

de CECILIA FRATERNALE
Oración por la unidad en la iglesia armenia de San Jacobo, Jerusalén.

Jerusalén, cruce de pueblos, lenguas y tradiciones cristianas, es un lugar donde la unidad de la Iglesia se experimenta en la pluralidad y en los encuentros cotidianos. Inspirados por la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos —iniciada en 1908 como un acontecimiento ecuménico de alcance mundial, con un tema distinto cada año—, que este año propone como lema «Un solo Espíritu, una sola esperanza », queremos reflexionar sobre el arte como lenguaje compartido. Desde Jerusalén, hemos salido al encuentro de artistas y expertos en arte pertenecientes a diversas comunidades cristianas.

Desde hace varios años, el Terra Sancta Museum Art & History mantiene un diálogo constante y fecundo con otros actores culturales cristianos, dando lugar a itinerarios apasionantes. Las comunidades cristianas son cada vez más conscientes del valor de su patrimonio, como señalaba el historiador Vincent Lemire en un artículo publicado en nuestra web.

Prueba de ello es la reciente apertura de otros dos museos cristianos en la Ciudad Vieja. El primero es el Museo Armenio Mardigian, situado en el barrio armenio, que abrió sus puertas en 2022 tras casi una década de restauración, convirtiéndose en el primer museo cristiano de una comunidad local. En esa importante ocasión estuvo presente, con gran satisfacción, el presidente del Consejo de Administración del Terra Sancta Museum, fray Stéphane, reforzando así las históricas relaciones entre la Custodia de Tierra Santa y el Patriarcado Armenio Ortodoxo. Posteriormente fue el turno del Museo Greco-Ortodoxo, inaugurado en noviembre de 2025. Es en este contexto donde el Terra Sancta Museum Art & History va abriéndose camino, con el deseo de ser un cruce y un punto de encuentro entre las ricas comunidades locales y el mundo. Estas colaboraciones son un signo importante de estima mutua y cooperación entre instituciones culturales cristianas, y animan al Terra Sancta Museum a entablar también un diálogo más amplio con otros museos.

Abuna Theophilus trabajando en los iconos.
Adel Nasser durante la liturgia de Navidad, con una vestidura creada por él.

El arte nos acerca a Dios

En las distintas tradiciones cristianas, el arte ofrece caminos diversos hacia Dios, marcados por orígenes eclesiales diferentes. Sin embargo, dentro de esta pluralidad, emerge un recorrido común. El padre Arshak Ghazaryan, dragomán de la Iglesia armenia ortodoxa, ha cultivado siempre una profunda pasión por el arte, en particular por las miniaturas armenias. Al ingresar en el seminario, descubrió su vocación a través del estudio del arte y de la conservación del patrimonio cultural. Hoy considera el arte como un puente que hace posible el diálogo entre culturas y pueblos.

El artista palestino Adel Nasser, afincado en Belén, descubrió su vocación desde muy joven y lleva veinticinco años creando ornamentos litúrgicos y mobiliario de altar para la Iglesia Evangélica Luterana. «Mi inspiración nace siempre de los versículos bíblicos. Siempre vuelvo a ellos», explica, tanto cuando trabaja la caligrafía como el diseño textil.

Para otros, este lenguaje es el iconográfico. Tras explorar otros caminos, Teophilus Al-Orshlemy, originario de Egipto, comprendió poco a poco que el arte era su verdadera llamada, convirtiéndose en iconógrafo y restaurador para la Iglesia copta ortodoxa de Egipto y, actualmente, de Jerusalén. «El arte es un relato. Los iconos cuentan historias», afirma, explicando cómo los iconos implican a toda la persona: «Mis ojos se mueven porque el icono me está contando una historia… Cuando todos los sentidos participan, el espacio se orienta hacia Dios y no hacia la distracción».

María Ruiz, iconógrafa del Patriarcado Latino, llegó a la iconografía como un camino espiritual que con el tiempo se convirtió en vocación. «Me acerqué a la iconografía hace veintitrés años, en la búsqueda de una forma de oración que unificara todas las dimensiones de mi persona. Cada vez que tomo el pincel, comienza mi diálogo con Jesús». Al reflexionar sobre el arte sacro, añade: «El arte y los iconos son materia; por tanto, no niegan la bondad de la creación ni la bondad de los cuerpos. Al contrario, son una divinización, una sinergia entre lo divino y lo humano».

De estas prácticas diversas no surge competencia, sino complementariedad. En este sentido, el arte precede al diálogo: prepara el espacio en el que el diálogo se vuelve posible.

Padre Arshak mostrando una edición histórica del Evangelio con miniaturas armenias.
María Ruiz y uno de sus iconos sobre la Jerusalén apocalíptica.

Una sola esperanza

Se pidió a nuestros expertos en arte que compartieran su esperanza, recordando el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año: «Un solo Espíritu, una sola esperanza». Resultó conmovedor escuchar respuestas provenientes de contextos tan distintos y comprobar cómo, más allá de la doctrina, todas estaban centradas en Cristo. 

«Lo que nos divide pertenece a la fragilidad humana, no a Cristo: en Él ya somos uno, a través de nuestras diferentes denominaciones. Una visión de la fe centrada en Cristo nos ayuda a reconocer que la unidad ya existe y debe ser vivida. Y puesto que el arte crea un espacio seguro de encuentro, más allá del debate, donde la belleza nos desarma y abre el corazón, el diálogo se vuelve más natural», afirma María. Esta comprensión del arte como fuerza unificadora coincide con la reflexión del padre Arshak, quien recuerda cómo, a lo largo de décadas marcadas por el conflicto y la división, el arte ha sido a menudo lo que ha perdurado. «A lo largo de la historia, el arte es lo único que puede sobrevivir. Es una herramienta para conocer al otro. Si reconocemos el poder del arte y tratamos de encontrar similitudes en lugar de centrarnos en las diferencias, la esperanza se hará más visible a través del arte, no solo en las exposiciones, sino también en nuestra vida cotidiana». Adel coincide con María y se muestra convencido de que todos los cristianos estarán unidos con la venida de Cristo al final de los tiempos.

Abuna Teophilus recurre a una metáfora cálida y cercana: la de la familia. «Todos somos hermanos y hermanas: como en una familia real, podemos vestir de manera distinta y expresarnos de formas diversas, pero eso no significa que no seamos hermanos». Y reafirma, refiriéndose a su esperanza de unidad cristiana: «No deseo nada más que lo que Jesucristo mismo deseó: “que todos sean uno”. Las diferencias no significan que no seamos hermanos».

Esto armoniza con las palabras de fray Stéphane en uno de nuestros últimos artículos: «El ecumenismo requiere esta humildad: alegrarse por lo que realmente se encuentra, y no por lo que uno esperaba encontrar».

La unidad, por tanto, consiste en reconocer al otro como parte del mismo cuerpo. Como en una familia, las diferencias no niegan la pertenencia. En un mundo fragmentado, el arte sigue recordándonos que la unidad no necesita ser inventada, sino reconocida y custodiada, «para que todos sean uno».

Los fieles participando en la oración por la unidad dentro de la iglesia armenia de San Jacobo, Jerusalén.
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