9 Septiembre 2019

Breve historia de la antigua farmacia de San Salvador en Jerusalén

«… Y como no hay ninguna otra farmacia en Jerusalén, tanto nuestros laicos católicos tanto como los de otras naciones (…) se dirigen rápidamente a nosotros cuando su salud física está en peligro (…). (…) Sin embargo, la piedad y la costumbre de los frailes les aplican la misma caridad que a los fieles de la familia de fe, y dan gratuitamente medicinas para cada enfermedad».

(Hermano Elzear Horn, OFM, Iconographiae Monumentorum Terrae Sanctae 1724 – 1744)

No había distinción religiosa a la hora de tratar a un enfermo. Así, el padre Elzear Horn, franciscano de Tierra Santa que vivió en el siglo XVIII, habla de la atención que los frailes prestaban indiscriminadamente a católicos, griegos, armenios «y otros». Del mismo modo, gracias a la bula «Etsi ex debito» del Papa Calixto III de 1455, los frailes también podían recurrir a la atención de médicos judíos o «cismáticos» si fuera necesario, como cuando, por ejemplo, era imposible importar los ingredientes necesarios para la producción de medicamentos. El mismo padre Horn nos cuenta que, el 8 de agosto de 1727, recibió la visita de un médico judío que había estudiado en Bolonia.

Jerusalén, convento de San Salvador. Consulta médico-quirúrgica a principios del siglo XX. ©ASCTS

Era en la farmacia del convento de San Salvador, abierta ya en el siglo XIV, donde los frailes conservaban los medicamentos provenientes de los países europeos benefactores de Tierra Santa. El padre Horn nos da una lista muy detallada de ellos, de los cuales transcribimos sólo una parte: «Los que entran pueden ver e inspeccionar por todos lados los minerales guardados en cajas y baúles de madera, frutas, huesos, preparados, vendas, apósitos envueltos en vesículas o papel encerado; las sales, vapores, resinas, grasas, tuétanos y ungüentos se guardan en frascos de vidrio; vinagre, agua destilada, vinos y jarabes y otros extractos de jugos y destilados (…)».

La farmacia se encontraba en la parte sur del monasterio, probablemente en la zona que hoy ocupa la moderna lavandería de San Salvador. Cerca de la farmacia había un jardín donde crecían las hierbas medicinales y no muy lejos había una biblioteca con manuales médicos, libros antiguos y manuscritos útiles para la preparación de los fármacos. Entre 1710 y 1720 se añadió una segunda planta y, en 1750, quedaron en la planta baja las estanterías de madera con frascos de terracota para el almacenamiento de medicamentos y drogas.

Jerusalén, convento de San Salvador. Farmacia de Tierra Santa, principios del siglo XX. ©ASCTS

Entre estos medicamentos, se encuentra el célebre «Bálsamo de Jerusalén», inventado por el padre Antonio Menzani, el cual llegó a San Salvador en 1686 y permaneció como farmacéutico jefe del convento durante cuarenta y tres años. Este ungüento, perfeccionado durante veinticuatro años, era renombrado por tratar gran variedad de enfermedades y síntomas, desde plagas hasta dolores de estómago, y se decía incluso que podía prevenir la peste. Se desconoce el origen de sus increíbles propiedades taumatúrgicas, probablemente subrayadas por la ineficacia general de los fármacos precedentes.

Pero conocemos los ingredientes: de hecho, después de que el padre Antonio mejorase la receta, dio a conocer su descubrimiento en Milán en 1719, enumerando los cuarenta elementos que componen el ungüento, entre los que se encuentran cuatro tipos diferentes de raíces, carlina, genciana, incienso, mirra, hojas de rosa, cedro, violeta y otros ingredientes que, en algunos casos, resultan todavía desconocidos para los farmacéuticos modernos.

Fray Antonio fue un ejemplo para creyentes y no creyentes por igual y pasó su vida trabajando y mejorando en el campo médico. Hizo de la farmacia de Jerusalén la más vanguardista de Oriente Medio y ha ayudado a tratar a muchas personas, incluido el sultán otomano que, para darle las gracias, le dio el privilegio del libre acceso a todos los lugares sagrados musulmanes.

Fray Antonio murió en 1729, pero la farmacia siguió funcionando hasta la Primera Guerra Mundial. Se cerró debido a la creciente dificultad de encontrar materias primas en Europa y a la apertura de otras farmacias en la ciudad. Los franciscanos conservan aún numerosos testimonios de este lugar de investigación, encuentro y asistencia al pueblo: los albarelos y frascos de farmacia, principalmente de las repúblicas de Venecia, de Génova y del Ducado de Saboya, preciosos recipientes finamente decorados que datan de los siglos XVII y XVIII, y los manuscritos conservados hoy en el archivo histórico de la Custodia (recetarios, inventario de especias, hierbas, utensilios, etc.).

Tarro de farmacia de Turín, Italia. siglo XVIII

 

La antigua farmacia volverá a la vida en una de las salas de la futura sección histórica del Terra Sancta Museum que, según el proyecto del museógrafo Jérôme Dumoux y del arquitecto Vincenzo Zuppardo, ayudará al visitante a retroceder en el tiempo. Allí se pueden observar de cerca los instrumentos farmacéuticos, tocar los frascos apotecarios y oler los perfumes de las especias y los aromas que una vez, hábilmente mezclados para crear el prodigioso bálsamo, habían cuidado de los habitantes de Jerusalén.