16 Agosto 2019

El arte siempre ha estado al servicio de la liturgia. Entrevista a fray Jorge Barba, artista de la Custodia de Tierra Santa.

de ELEONORA MUSICCO

La historia que vincula el arte y la liturgia ha sido continua desde los primeros años del nacimiento de la Iglesia. Aunque en un momento dado, a la hora de estudiar nos damos cuenta de que la historia de las artes se vuelve hacia el arte «secular» -como el arte de género, el paisajismo o el retrato- no hay que creer que la relación entre la iglesia y el arte se interrumpe. Porque la segunda es necesaria para la primera, especialmente en la dimensión litúrgica. Esta última no podría vivir sin ciertos objetos que los hombres han creado en continuidad con gran amor y atención, conscientes de que su trabajo era para Dios y para acercar a los hombres a Dios, a través de la contemplación y la oración. Esta es parte de la historia que el Terra Sancta Museum contará en la futura sección histórica del Museo que nacerá en el convento de San Salvador.

Entre los franciscanos de Tierra Santa, la conciencia de la importancia del arte sigue muy viva. La tarea de los hermanos de San Francisco en esta tierra de conservar los lugares santos, animándolos y viviéndolos a través de la liturgia. La necesidad de tener obras de arte y objetos que sirvan para este fin no ha cesado y así, con la ayuda de voluntarios o de los propios frailes, se crean nuevos coros de madera, tabernáculos, antipendios y atriles por manos expertas. Y así, si hoy subimos las escaleras que conducen desde la Oficina de Patrimonio Cultural hasta el Taller de Restauración de la Custodia, nos encontramos con fray Jorge Barba empeñado en su obra, mientras pinta dos grandes retablos que representan a San Francisco y a Santa Clara.

Interrumpimos su trabajo durante unos minutos para poder contar su historia.

¿Cómo llegaste a Tierra Santa?

Estaba en México, estudiando filosofía durante mi camino para ser sacerdote. La provincia de México de la que soy miembro, llamada «Santos Francisco y Santiago», recibe anualmente becas de la Custodia de Tierra Santa para enviar jóvenes estudiantes a estudiar a Jerusalén. Mi superior decidió enviarme a Tierra Santa después de haber estado un año en Italia para aprender el idioma oficial de los franciscanos, el italiano. Cuando llegué en 2014 recordé un gran deseo de visitar estos lugares que habían surgido en mí antes de entrar en el seminario. Había renunciado a este para seguir mi vocación, pero en ese momento el Señor realizó mi deseo, haciéndome volver a su tierra.

¿De dónde vino tu capacidad artística y cómo empezaste a ponerla al servicio de la liturgia?

Un día, mientras estudiaba en San Salvatore, los frailes de la Custodia necesitaban pintar una imagen del Cordero. Uno de los hermanos me nombró porque sabía que era capaz de hacerlo, así que tímidamente hice mi primer trabajo, respondiendo a la llamada de los hermanos. El cordero fue muy querido y como agradecimiento en 2017 la Custodia me envió a Florencia para un curso de dos meses, para mejorar mi don. Esta experiencia fue muy fructífera porque me dio la técnica, me enseñó a conocer los colores, a saber mezclarlos en armonía. El don es de Dios, pero la aprender la técnica depende de nosotros mismos. En Florencia fueron días de pura gracia, donde descubrí que la espiritualidad y las emociones, los sentimientos pueden encontrar una forma de expresión en el arte. Por lo general se piensa que los frailes y sacerdotes deben renunciar a todo esto, pero no es verdad. El arte es uno de los medios que tenemos para hablar de todo esto, de nosotros mismos.

Cuéntanos sobre el proyecto de estas dos tablas que estás haciendo.

En las Clarisas de Nazaret ya había hecho una Anunciación para su capilla el año pasado. Este año me llamaron para completar mi trabajo y concluirlo añadiendo dos tablas con San Francisco y Santa Clara. También he hecho muchos otros trabajos después del curso en Florencia, en el hospital de San José en Jerusalén y San Salvador.

¿Cómo se desarrolla el trabajo para la creación de estas obras?

Es un proceso largo. Para las tablas primero pongo la cola de conejo para conservar la madera, y luego el lienzo que preparo con manos de yeso. Tengo que dar varias pasadas porque hay que crear una superficie que te permita pintar uniformemente pero que te permita también vislumbrar la textura del lienzo. Después del yeso procedo con el dibujo preparatorio, para entender el conjunto, y pongo el color rojo como base. El rojo ayuda a sacar el oro que voy a aplicar en él. De hecho, todo el fondo, así como el tabernáculo de Clara, será de pan de oro, pero lo pondré al final porque es muy delicado y pierde su brillo muy fácilmente. Luego creo los atributos de los santos con más capas de yeso, para resaltarlos como en los retablos de la Edad Media y principios del Renacimiento, y después procedo a pintar las figuras con veladuras de pintura al óleo.

¿Cuáles son tus artistas favoritos?

Soy un gran fan de Botticelli porque sus pinturas son estéticamente hermosas pero aún así logran transmitir la interioridad del pintor. Mi segundo artista favorito es Caravaggio. Sus obras son maravillosas. Son muy diferentes, pero se complementan entre sí.

La técnica que utilizaron es diferente: uno trabajaba con pigmentos mezclados con aglutinantes orgánicos -como la clara de huevo- y el otro con aceite, lo que les permitía una libertad diferente. Caravaggio tomó e hizo la luz más brillante en la oscuridad, mientras que Botticelli es pura luz, porque con su técnica se vio obligado a trabajar primero en la luz, de lo contrario habría sido imposible corregirla porque el temple no lo permite. Con el óleo, por otro lado, Caravaggio podía hacer que la luz emergiera de la oscuridad. Me encanta porque, incluso en un sentido teológico, este proceso es hermoso: a pesar de las sombras de nuestras vidas, sé que hay luces que pueden surgir siempre, más fuertes y más hermosas.